Fleabag: mirar a cámara para desaparecer
Hay personas que convierten el dolor en ironía. Hacen reír, coquetean, parecen encantadoras e intensas. Pero detrás de esa energía suele existir algo mucho más difícil de nombrar: la imposibilidad de detenerse y sentir.
Con el rostro desencajado, la mirada perdida y el rímel completamente corrido, una joven mujer camina por las calles de Londres. Fleabag, al igual que la figura del judío errante, parece condenada a vagar sin descanso, como si cargara una culpa imposible de dejar atrás.
Pero, ¿de qué huye exactamente? Detrás de los comentarios irónicos, de los gestos seductores y de la aparente libertad con la que vive su sexualidad, lo que descubrimos desde el primer episodio es una doble vida. Un intento desesperado por mantenerse en movimiento para evitar cualquier instante de silencio en el que el dolor pueda alcanzarla.
La cuarta pared: el público como anestesia
La ruptura de la cuarta pared convierte al espectador en depositario de sus verdades. Sabemos que finge. Sabemos que su humor constante funciona como una manera de evitar el contacto real.
En ocasiones parece a punto de quebrarse, como si estuviera por emitir un grito de auxilio o derrumbarse frente a alguien. Pero justo antes de hacerlo, Fleabag vuelve a refugiarse en un comentario hiriente, un gesto inapropiado o una broma.
Ahí reside gran parte de la fuerza de la serie: en mostrarnos cómo algunas personas convierten el sufrimiento en actuación porque todavía no encuentran una forma de nombrarlo.
Actuar para no ser vista
Para Fleabag, tener sexo y vincularse es una puesta en escena. Su cuerpo es deseado, mirado, consumido; pero durante estos encuentros, los hombres rara vez tienen un contacto real con ella. Nadie parece preguntarle quién es, qué siente o qué desea realmente. Eso no es intimidad; es performance.
Ella finge interés en conversaciones superficiales, ríe ante comentarios machistas y aparenta desapego. Pero en cuanto aparece la posibilidad de mostrarse verdaderamente, algo la aterra profundamente y huye. No tolera ser vista de verdad porque se siente un fracaso.
A esto se suma la culpa por la muerte de su mejor amiga, Boo. Al descubrir que su novio tenía una aventura, Boo decide lastimarse para provocarle culpa, pero todo se sale de control y termina muriendo sin saber que la mujer con la que su novio la engañaba era la propia Fleabag.
Boo decía que los lápices tienen goma porque las personas cometen errores. La frase parece tierna, casi infantil, como si la vida estuviera hecha de equivocaciones reversibles. Pero Fleabag descubre demasiado tarde que existen actos imposibles de borrar.
Hay culpas que no desaparecen; sólo cambian de forma. Se esconden detrás del humor, del sexo, del caos o de la ironía, y aun así continúan ahí, devorándolo todo lentamente.
Cada vez que alguien parece acercarse demasiado, Fleabag destruye algo. Aleja a quienes la quieren, convierte todo en caos y vuelve una y otra vez a la soledad que siente merecer. El castigo termina funcionando como anestesia: mientras se humilla, se expone o se destruye, no tiene que tocar el núcleo verdadero de su dolor.
El entorno que sostiene al personaje
Su sistema familiar no ayuda. Su hermana Claire representa la otra cara de la moneda: si Fleabag es el caos, Claire es la rigidez y la represión que le permiten no derrumbarse frente al evidente fracaso de su matrimonio. En apariencia son muy distintas, pero en realidad representan dos formas diferentes del mismo sufrimiento. Ambas están atrapadas y, aunque se aman profundamente, apenas saben cómo comunicarse sin la máscara puesta.
Por otro lado, su padre es un hombre parco y emocionalmente ausente, incapaz de sostener conversaciones profundas. Intenta compensar su distancia con gestos incómodos y está casado con una madrastra pasivo-agresiva que humilla a Fleabag constantemente. Es un entorno performático y superficial que empuja a Fleabag a sentirse, una y otra vez, inadecuada, ridícula y fuera de lugar.
El quiebre: cuando alguien nota la huida
La llegada del sacerdote cambia por completo el eje de la historia. Él es el único que percibe cuándo Fleabag se dirige hacia la cámara. Ningún otro personaje parece notar ese movimiento, esa especie de huida silenciosa hacia un lugar donde nadie puede alcanzarla realmente.
Por primera vez alguien logra mantenerla dentro de la escena. El sacerdote la escucha, sostiene el silencio y hace preguntas sobre ella misma.
Poco a poco, la actuación comienza a resquebrajarse. La ironía ya no alcanza para protegerla. La necesidad de ser deseada se transforma en necesidad de ser amada, y el performance en verdadera intimidad.
¿De qué huimos cuando hacemos ruido?
Tal vez por eso Fleabag resulta tan dolorosa de mirar. Porque muchos también hemos aprendido a convertir la herida en personaje. A llenar el silencio antes de sentir algo demasiado verdadero. A seducir, bromear, trabajar, consumir o hablar sin descanso para no quedarnos solos con aquello que nos habita.
Y quizá ahí comienza algo distinto: en el momento en que la actuación deja de funcionar. Cuando ya no alcanza el humor, ni el deseo, ni el ruido. Cuando finalmente alguien pregunta "¿qué te pasa?" y, por primera vez, no sabemos cómo escapar.
Fleabag pasa gran parte de la serie huyendo de sí misma. Pero hacia el final entendemos que el verdadero dolor no era haber sido vista, sino haber creído que era imposible ser amada después de aquello que hizo.
Durante años convirtió al espectador en refugio. Cada mirada a cámara era una salida de emergencia, una forma de escapar del dolor antes de que pudiera alcanzarla. Nosotros estábamos ahí para acompañarla en su huida.
Pero entonces ocurre algo extraordinario.
Al final de la serie, Fleabag vuelve a mirar hacia nosotros. Sonríe levemente y hace un pequeño gesto con la mano.
No es una invitación para seguirla.
Es una despedida.
Quizá por eso Fleabag no se despide con una gran revelación. Basta un gesto de la mano.
Ya no necesita mirar a la cámara.
Y nosotros tampoco.